Un triunfo burocrático de San Lorenzo

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor de los libros VEINTE RELATOS CUERVOS y CUARENTENA DE RELATOS CUERVOS.

Polémica en la semana y mucha tinta derramada sobre la postergación solicitada y negada por la Liga. Mucho también escrito sobre los méritos indudables de los pibes de Boca, que sacaron una igualdad jugando bien en el Sur.

San Lorenzo se mantuvo en un discreto segundo plano. En la pizarra, Montero dibujó lo que los hinchas queríamos ver. Los Romero, el Gordo y todos los demás acompañando. Como Peruzzi, que tuvo el mérito de intuir que Ángel podía sacar el centro tapado y desde una posición imposible. Pisadita de fútbol de salón, hermosa, y asistencia al lateral en la posición del nueve, impactando de cabeza al gol. Antes Oscar había asistido a Uvita Fernández, que reventó el palo. Boca se había acercado con un par de tiros libres de Cardona. Gattoni estuvo nervioso en ese arranque, revoleando a veces de más y haciendo infracciones en posiciones peligrosas.

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La sensación, cuando uno lo ve, es que el Gordo Ortigoza juega parado en la cancha, pero protege la pelota y empieza a organizar el equipo. Se lo ve como un DT ahí en la mitad de la cancha, señalándole al pibe Flores, abrísela a Rojas. A Rojas, devolvela a Flores y así. Cuando pasa por él, San Lorenzo se clarifica, puede equivocar el pase, incluso perderla, pero la lectura del juego es casi siempre correcta. Hay que darle una silla en la mitad y cebarle un mate. Para que eso sea posible, para que Ortigoza juegue es imprescindible la labor silenciosa y sacrificada de Gordillo, que raspó y empujó cuando no llegaba a todas las divididas.

El historial reza que le sacamos nueve de ventaja y las estadísticas son duras, impiden discriminar ese “jugaste contra la tercera” que esgrimirán los adversarios. En nuestro lado, es inútil también decir ante los números que Lousteau nos anuló dos goles en el 91, y debieran ser diez los partidos de diferencia. No son planteos válidos, porque así discutiríamos todo hasta el infinito, que ni el VAR nos salva de eso, la enseñanza que dejó la semana.

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Un triunfo que alarga la paternidad, una victoria que, en el segundo tiempo, se volvió previsible, no corrió riesgo cuando en el primer instante un penal inocente del arquero a Uvita Fernández le sirvió en bandeja al Gordo el segundo gol. Y el hombre la acomodó en el ángulo con una naturalidad pasmosa. Golazo, y calmate Paolo por favor, el histrionismo del DT junto a la línea de cal, que cuando la tiene la pelota ahí cerca suyo grita y poco falta para que se tire a barrer. Clink, caja. Un segundo tiempo que se acabó en treinta segundos, porque su devenir fue demasiado tranquilo. Fue dejarle la pelota a Boca sabiendo que no podía lastimar, regulando piernas, hasta tan tedioso se volvió que los Romero se aburrieron, perdiendo un par de pelotas en la mitad de la cancha que enojaron a Montero.

En uno de los instantes de ese último rato, el Gordo la cubrió con el cuerpo y los pibes de la ribera no lo pudieron mover, pobres. No se abría la opción de pase y Ortigoza la cubría sobre el lateral, teniéndola con la derecha. Sentate arriba de la pelota Gordo, pensé yo. Llevátela a tu casa, hermano. Que ya está. Que al partido le sobraron cuarenta y cinco minutos, en un triunfo burocrático de San Lorenzo.

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