Y el fútbol debe continuar

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor de los libros “Veinte Relatos Cuervos” y “Cuarentena de Relatos Cuervos”.

Una semana surcada de homenajes para el más grande jugador argentino y del mundo que haya tocado una pelota, el querido Diego Armando Maradona. En los lugares más recónditos su recuerdo se hizo carne y emoción en una cantidad de gente incalculable, un verdadero mar sin horizonte que lo limite hacia el infinito. Y ayer no fue la excepción. Las camisetas argentinas del inicio, porque Diego caminó por encima de cualquier rivalidad ocasional o grieta, esa expresión tan trillada para hablar de división, desencuentro. La silueta del diez lanzado en gambeta, y luego de repasar tantos momentos, jugadas y alegrías que nos regaló, todo parece poco. Como el partido de ayer, de esos veintidós hombres que jugaron a otro deporte si lo comparamos con esos videos impolutos y casi celestiales del Diego.

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Un punto para asegurar la clasificación. No dejó tanto más el partido de San Lorenzo contra el Pincha pero no fue lo mismo que el del inicio en cero contra Argentinos Juniors, los hijos de aquél Pelusa que alumbrara su fútbol en la Paternal. Luego de tres victorias en trayectoria ascendente, encontramos una meseta pero el equipo no se mostró sin embargo tan desteñido. Afuera los Romero por la cuarentena obligada, faltó algo de magia ayer, esos estiletazos que a veces tiran y marcan la diferencia aunque no sean tan continuos en el juego. Volvió a jugar Gabi Rojas y algunos buenos avances vinieron por su lateral. Tan firme en la marca, a veces tan vehemente que un virulento rechazo suyo casi cae de emboquillada en el arco a las espaldas de Monetti. Hubiera sido una desgracia inmerecida. El mejor ataque del primer tiempo fue una jugada de Nacho Piatti que lo habilitó de forma magistral a Rojas por la izquierda. Asistencia divina, al espacio que obliga a su receptor a ejecutar lo que el genio había pensado. Un centro bárbaro, rasante, que desvió Alexander Díaz y sacó increíblemente Andújar. El rebote de esa jugada rápida la terminó tirando a la tribuna Peralta Bauer. Fue lo último que vimos del pibe en el primer tiempo. Fue reemplazado otra vez por Di Santo, casi como la resignación de que lo trajimos y tiene que jugar. Físico espigado, lento, criterio en principio atinado para jugar pero un segundo tarde se observan en sus primeros ratos en cancha.

En el segundo tiempo, jugó bien Ramírez, que encaró réplicas en velocidad donde la bajaron los pinchas sin misericordia. El medio lo aguantó el Torito. Menossi luce con mucho despliegue pero en general desconectado del equipo. El hombre transpira, se esfuerza, gana, pierde, no termina de asentarse es la sensación. Llegará tal vez el día en que digamos, en algún partido en que lo veamos sólido, firme “ah, para eso lo ponía Soso”. Como el Hirsig del campeón 2007, un jugador que no luce pero que juega siempre, vaya uno a saber si por una extraña funcionalidad o porque no tenemos otro.

Pero la imagen del segundo tiempo es la de Alexander Díaz corriendo por la derecha del ataque, que parecía Caniggia contra Camerún en el 90, esquivando patadas y avanzando a empellones en esta semana tan especialmente nostalgiosa en que cualquier jugada nos hace retroceder en espejo veinte, treinta años. Una tromba el pibe, desbordó las veces que quiso, faltó por el medio alguien que la empuje, un poco de suerte para ponerle el broche a un rendimiento prometedor. Me hace acordar un poco al Beto Acosta y otro tanto al Turco Asad, aunque a éste último no le guarde mucho cariño en mis recuerdos. No lo pueden mover, apuntó el comentarista con acierto. Monetti tapó un mano a mano, Peruzzi cubrió un tiro con las gambas, Gattoni y Donatti bien. Nos metieron un gol en cinco partidos. Esperando que vuelvan los distintos o poder reemplazarlos frotando otro la lámpara.

En una semana especial, donde todo pareció poco para cubrir la tristeza entera de un pueblo. Como en el partido de ayer, como en todos los partidos del mundo. El orgullo de la camiseta cuerva con el diez y su silueta arrojándose a la gambeta eterna. Nada será igual, pero la pelota sigue rodando. Y el fútbol debe continuar.

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