Veintiún puntos de arena

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor de los libros VEINTE RELATOS CUERVOS y CUARENTENA DE RELATOS CUERVOS.

Nunca sostuvo en el ciclo Dabove San Lorenzo tanto tiempo controlando un partido y superando al rival. Como una hora, Dios mío. Dominaba las acciones, luego de un buen primer tiempo en que se había retirado ganando uno a cero.

En esa primera mitad, habíamos tenido algo parecido a una mitad de cancha, con el pibe Rosané, Elías, y manejando el partido Oscar Romero. Tocando, asistiendo, cambiando de frente. Penal a Ramírez y gol de Oscar Romero pateando fuerte, al medio y abajo. Una ejecución pragmática que tuvo la suerte de que el arquero Espínola se movió para abrir el partido.

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En el segundo tiempo San Lorenzo arrancó filoso como para liquidar el partido. Se destapó Ramírez rompiendo por iquierda en varias oportunidades y siendo frenado con faltas por el equipo mendocino. Ese avance vertical del mediocampista que casi siempre cortan con infracción, un poco porque las busca y otro tanto porque lo quieren cortar los rivales. Lo tuvo Ángel Romero, Uvita Fernández estuvo un poco errático pero incisivo. Oscar Romero manejaba los hilos y hasta Elías tenía a veces en tres cuartos la pelota. Rompía Rojas subiendo por la izquierda, sostenía el avance del equipo el pibe Rosané marcando y relevando. Un relojito casi parecía el equipo, desconocido luego de la pésima labor de entresemana en Rosario.

Como mucho lo habíamos visto jugar bien quince, veinte minutos en el ciclo Dabove en algunos partidos a San Lorenzo, y esta vez duró como una hora. Hasta el minuto veinte del segundo tiempo. Penalazo sobre Uvita Fernández que el defensor visitante ni siquiera atinó a protestar. La toma Ángel Romero con poca carrera, hace el consabido repiqueteo pero el arquero adivinó y contuvo el remate. Todo lo bueno del equipo casi lo hacen los Romero, y esta vez también lo malo . Penal errado, y el equipo que se derrumbó como un castillo de naipes.

Porque perdió la supremacía inmediatamente, volvió a quedar en inferioridad numérica en los distintos sectores de la cancha. Entró Herrera por un Salazar amonestado pero le costó contener los desbordes del rival. En el primero, Torrico sacó un cabezazo tremendo en el primer palo. Sobre la derecha de la defensa de San Lorenzo comenzaron a hacerse un picnic. Entró Martegani por la lesión de Elías y el pibe mostró movilidad y algunas cosas interesantes, pero el partido era cuesta arriba salvo en algunas contras para San Lorenzo.

Godoy Cruz se hizo dueño del trámite y los fantasmas comenzaron a sobrevolar nuevamente en ese equipo tan bipolar dentro de un mismo partido. Pareció que no hay quien sostenga anímicamente al equipo en ese declive que pudo haberse pagado caro. ¿Quién sostiene, pone el hombro en el peor momento, en instantes chivísimos y determinantes? Y fue otra vez él, Sebastián Alberto Torrico. Porque sacó ese cabezazo, descolgó centros, le pegó con un puñetazo a otras pelotas comprometidas. Torrico era la única certeza que quedaba. Y salvó la imposible, a poco del final. Un desborde esta vez por la derecha, el delantero conecta de forma imperfecta pero Torrico se había pasado y tuvo que volver sobre sus pasos gateando, todo sobre la línea del arco. Tiró el manotazo milagroso, para sacar la pelota imposible desviándola hacia el palo. El rebote en el parante hizo que quedara descolocado el otro delantaro que iba a empujarla.

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Después del penal errado, apareció Torrico. Pensando de acá en más, sería fundamental que el equipo pueda asumir de mejor manera un sinsabor transitorio en el partido, porque Torrico es el último hombre y es demasiado riesgoso depender siempre de él. Hay que fortificar la contención antes del área propia cuando el partido se pone cuesta arriba y nos domina el rival. Ganó San Lorenzo y sigue prendido en el campeonato. Prendido con alfileres. A la espera de lograr algo más parecido a la regularidad para conseguir una mayor solidez.

Veintiún puntos de arena, pero que nos dejan por el momento clasificados a las rondas definitorias del campeonato. Frágil, zigzagueante como un velero en la tormenta, el sueño de todos los cuervos sigue, sin embargo, a flote.

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