Un ancho de espadas. Tributo a Néstor Ortigoza

*Por Sebastián Giménez. Autor del libro “Veinte Relatos Cuervos”.

Este hombre a veces se molesta cuando le dicen Gordo. Físico fornido, espalda ancha, movimientos coordinados pero lentos. Siempre parece haber tiempo, para Néstor Ortigoza y la redonda de cuero en la mitad de la cancha.

Le molesta que le digan Gordo, y es entendible claro. En este fútbol de hoy, donde prima tanto el físico, ser Gordo es casi admitir que uno está de vuelta, para el retiro. Pero está bien que hay Gordos y Gordos, así con mayúsculas como Ortigoza. Todos recordamos la anécdota risueña de cómo terminó el Loco Gatti diciéndole gordito a Maradona: yendo a buscar la pelota adentro del arco cuatro veces. ¿Quién no recuerda también al Gordo Ronaldo, el astro brasileño? Está muy gordo, decían graciosamente los medios argentinos antes de un cruce por Eliminatorias. Y Ronaldo nos aplastó con tres goles, menos mal que estaba Gordo. Menos mal.

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Entonces, si le molesta a veces que le digan Gordo, digámosle también Ancho. Doble Ancho, como Luis Monti y pidiéndole permiso a la memoria de un prócer inigualable de la fundación de San Lorenzo. Ortigoza fue Ancho, como era ancha su influencia en el campo de juego. Su cuerpo, como el de cualquier mortal, ocupaba un espacio limitado, pero el radio de su influencia se extendía en la mitad de cancha como un lugar común donde recurrir cuando no sabía el equipo qué hacer con la pelota. Y Ortigoza la abría, cambiaba de frente, lateralizaba muchas veces, tiraba el pase entre líneas, a su ritmo, que siempre parecía haber tiempo.

Que el fútbol se asemejaba a una pelea de boxeo que se definía por puntos, pegar cortito sin salir a noquear a lo bruto. Un Nicolino Locche del fútbol el Ancho Ortigoza, te atacaba casi acariciándote y te esquivaba en su salsa, sin poderle meter el rival una mano nunca. Néstor era la amansadora que debían pasar nuestros rivales a la hora de atacar a San Lorenzo. Escondía la pelota, la tenía, la sacaba a la mierda si hacía falta, tiraba un pase milimétrico o volvía a empezar. Erraba muy pocos pases, al estilo del Conde Galetto, aquel fino cinco del campeón del 95. Sabíamos que, si la pelota caía en él era un bálsamo, que no la íbamos a perder. Ganábamos y faltaban cinco minutos y lo mirábamos a él. Tenela, Gordo, la puta que lo parió. Que ese axioma de la tenencia de la pelota del que se regodean tantos técnicos casi que lo inventó él, pero en las estadísticas nadie se animó a contar cuánto tiempo la bola estaba bajo su suela, haciendo algún jueguito de fantasía, corriendo la pelota y él acompañándola al trotecito. Que siempre hay tiempo, si intentás jugar bien.

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Lento el cuerpo, rápida la cabeza, Néstor jugaba y hacía jugar a los otros. Nos hizo creer además que patear penales era fácil. Un salticadito en la carrera hacia la pelota que era un conjuro contra le presión, que nunca le pesó ni para patear el penal más importante de la historia de San Lorenzo. Fue mirar al arquero, hacer el trotecito en el lugar y acariciarla con la derecha, todo al mismo tiempo. Que siempre había tiempo, carajo. Y pasaron cinco años y es como si el tiempo se hubiera congelado ahí, con Néstor pateando ese penal. Que siempre cuando lo miremos con otras camisetas o retirado del fútbol, lo recordaremos y nos recuperaremos a nosotros mismos en ese momento conquistando América. Abrazándonos por alcanzar ese logro que parecía imposible. Con el Doble Ancho contemporáneo, que no es Monti, que es Ortigoza, cerrando el puño y gritando el gol. Un Ancho que siempre para nosotros será la carta ganadora del truco. Un Ancho de espadas.

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