No están motivados. Análisis literario de la derrota ante Talleres.

NO ESTÁN MOTIVADOS. UN ANÁLISIS LITERARIO DE LA DERROTA ANTE TALLERES.

Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor del libro “Veinte relatos cuervos”.

-No están motivados, solía decir el Bambino Veira cuando el equipo no le devolvía lo que quería y navegaba en la mitad de la tabla. Que el fútbol era y es un estado de ánimo para ese técnico y gurú del fútbol.

El razonamiento tiene sus bemoles, como toda verdad, como todo paradigma. Hoy es lunes y no estoy motivado para ir a trabajar, pero tenemos que hacerlo. Y el trabajador acostumbrado a mil sacrificios, se pregunta cómo no pueden estar motivados esos tipos que salen a la cancha con la azulgrana en la piel y sin otro laburo que ese. El hombre común en contraposición al futbolista, como una suerte de élite. Motivación y responsabilidad de ir a laburar. El fútbol como disfrute y como padecimiento, cuando el juego se convierte en una encerrona que no alimenta la fantasía.

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Pero no estuvo motivado pareciera ayer San Lorenzo. Barranca abajo, afuera de todas las Copas, las argentinas, las internacionales, el intercountry, lo que quieras. Afuera de todo. Cerca de los últimos puestos de la Superliga. Monárriz por Biaggio. Botta por Mouche, en el segundo tiempo. Nada parece cambiar. Porque en la cancha, el equipo aparece derrotado antes de que le metan un gol. Como si concurriera mansamente al cadalso. Como sabiéndose perdedores antes de empezar. Y dos jugadas en el segundo tiempo, que grafican mejor que ninguna el estado de situación.

Luego de una circulación de pelota extrañamente fluida, le queda la pelota mansa, rodando, inmejorable al pibe Berterame. El arquero sale a achicar pero hay tiempo para definir. Lo que grafica mejor que nada la situación de San Lorenzo hoy es que, en la reserva arrolladora e invicta de Monárriz, esa jugada era gol. O sea, en un equipo aceitado el delantero hubiera tenido tal vez la frialdad de picarla y colarla por arriba del arquero iniciando la carrera del festejo. Pero en una Primera de cuarta, como la de ayer, el pibe define con la presión de que, aunque falten quince minutos, no va a haber otra igual. Define apurado, y se va por arriba la jugada más clara de gol del semestre. Pero era mentira que no habría otra oportunidad.

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Últimos minutos, cuando el equipo es solo una suma de voluntades que le pegan para arriba, una desesperación caótica y a la vez paralizante. Una batahola desordenada, un enjambre de jugadores sin criterio ni decisión. Y queda un contraataque en los pies de Belluschi en la mitad de cancha, que no puede correr más. Que está acalambrado y entonces lanza el pelotazo para el pibe Gaich. Ese pelotazo postrero llevaba un mensaje explícito: hacé lo que puedas, pibe, que te acompañe Dios. Y el pibe surcó la banda derecha en velocidad y cuando un camión con acoplado se lanza para adelante nadie osa meterse en el medio. Llega al fondo desbordando a la defensa de Talleres y el centro es perfecto para que la empuje el Príncipe Reniero. El estado actual de San Lorenzo se explica solo diciendo que, un mes atrás, esa jugada era gol.

Lo hubiera empatado San Lorenzo. Lo hubiera perdido tres a cero si los cordobeses aprovechaban las contras que tuvieron. Pero el fútbol se define en esos detalles pequeños. Pero para brindar respuestas en esos momentos claves, en esos pequeños lapsos de tiempo, milésimas de segundo que definen un partido, hace falta convicción, fe, huevos, y la rebeldía de saber que tu destino no está juzgado. Nada de eso tuvo ayer San Lorenzo.