Más vale tarde que nunca

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor de los libros “Veinte relatos cuervos” y “Cuarentena de relatos cuervos”.

Es muy difícil analizar el partido en Tucumán. Un primer tiempo que empezó con una apilada del tractorcito Alexander Díaz al que terminaron bajando en el área. Penal. Ángel no escarmentó y volvió con los saltitos, pero esta vez definió bien. Esperó que Luchetti eligiera un costado y la acomodó en el otro. Gol. Uno a cero. Poco más hizo el equipo en el primer tiempo. A Atlético Tucumán también le costaba pero le dimos ánimo con salidas poco convincentes por abajo desde la defensa. Cuando una idea general se vuelve sistema, empieza a preocupar. De casualidad no empató Atlético. Si no te sale salir jugando, hay que saber resignarse y pegarle para arriba, viejo. Porque le terminás dando ánimo al rival, que estuvo cerca del gol y terminó superando a San Lorenzo en el juego. A partir de esa inseguridad en las salidas, algo tan sencillo o complicado como eso.

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Segundo tiempo. Doble golpazo para San Lorenzo. Expulsión infantil, inocente de Salazar, y de esa infracción el gol del empate de los locales tras el centro cruzado. Testazo y a cobrar. Uno a uno y había que ganar con uno menos. Soso gritaba, gesticulaba, abrigadísimo para una noche inclemente por el calor al menos en esta urbe porteña. El cuadro hasta los 22 minutos del segundo tiempo era desolador. Atlético Tucumán disponía de la pelota en monopolio y se jugaba en el cuarto final del campo, de cara al área de San Lorenzo. Una imagen completamente triste, un equipo que aparecía resignado, tirando la toalla o simplemente siendo superado por el rival. El pibe Flores entró por Sabella para cubrir el lugar de Salazar pero el hueco que quedó en el medio no lo tapaba nadie no pudiendo el equipo sostener mínimamente la pelota. Soso mandó a la cancha a la Uvita Fernández, reemplazando a Oscar que no anduvo, en realidad porque nada funcionaba, no vamos a echarle la culpa. ¿Entra Uvita? Diez meses que no juega, me dije. Igual, podía entrar Van Basten, Messi, Angelito Correa, el que quieras, si igual no la podíamos agarrar ni con la mano.

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Pero curiosamente San Lorenzo encontró la forma de atacar sin tener la pelota, con los ligeritos arriba y Ángel Romero haciendo de lanzador. Desborde de Uvita y Alexander no pudo conectar bien. Uhhhh. Pase de Ramírez, Alexander gambetea a contrapierna al arquero abriéndose demasiado. Y la tercera fue gol, cuando Alexander disputó una dividida y la Uvita Fernández le pegó un zurdazo bárbaro. ¿De dónde había salido esa remontada? ¿De un dominio territorial, de la posesión de la pelota, del criterio? Nació de la nada misma, descubriendo el equipo que se podía atacar con tipos rápidos sin tener la pelota, habida cuenta de la inferioridad de condiciones que imponía un hombre menos en el campo.

Dos a uno y a aguantar. Bien los de abajo sacando a diestra y siniestra Donatti, Gattoni, Pittón y Flores, qué primera experiencia ingresando en el peor momento del campeonato. A los pibes hay que irlos fogueando, reza una máxima, pero en este caso poco menos que lo tiraron a los leones y aún así el pibe cumplió. El Flaco Donatti casi se hace un gol en contra ante una dubitativa salida de Monetti. Que si voy, que si vengo. Y la pelota surcaba el área y tuvieron un par de ocasiones los tucumanos increíbles, y Monetti mejoró brindando un poco más de seguridad y pegándole para arriba, que tan difícil no es el fútbol. Ramírez empezó a correr en los contraataques, en la primera ocasión que tuvo le pegó como yo, como nosotros los cuervos que miramos el partido. Mordido, cruzado y afuera. En la segunda, gambeta al arquero y definición arriba. Tres a uno.

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Nadie pero nadie, ni los de adentro ni los de afuera en el minuto 20 del segundo tiempo te decían que ese partido iba a terminar así. A veces me sonrío cuando los jugadores declaran luego de un triunfo: “siempre tuvimos fe en el equipo”. Al único que se lo podría creer ayer fue al tractorcito Alexander Díaz, que siguió yendo para adelante hasta terminar extenuado. Pero seamos sinceros. El equipo estaba derrumbado hasta que se olvidó del fulbito y fue a buscar el triunfo sin siquiera tener la pelota. Supo ser oportunista ante un rival también necesitado. Tardando tal vez demasiado, resurgiendo de las cenizas contra todo pronóstico. Y llegó. Más vale tarde que nunca.

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