Las manos mágicas

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor del libro “Veinte relatos cuervos”.

El fútbol, más que nunca luego del partido de ayer, se gana en las áreas. Dominio territorial, llegadas claras, penales, todo tuvo River. Y lo ganó San Lorenzo.

Ya a los 10 minutos del primer tiempo, River era el absoluto dominador del partido. Monárriz plantó el mismo equipo que frente a Patronato y la ecuación no cambió demasiado. Nos dominan la mitad de cancha y nos llegan mucho, a veces demasiado. Varios jugadores de buen pie en la formación, pero que se dedican sobre todo a contener, a retroceder, a entretener la pelota como si faltaran dos minutos. Pero iban diez apenas, del primer tiempo. Pero el fútbol se gana en las áreas.

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Y Ángel Romero lanzó el centro cruzado para Adolfo Gaich. Estuvo muy lejos de ser un “tomá y hacelo”. Se pareció mucho a un “tomá y hacé lo que puedas, pibe”. Y lo que pudo Gaich fue maravilloso, con un toquecito dejó en el camino a Pinola, con un enganche a Casco y le pegó como soñamos en el potrero: con el empeine, de lleno para romperle el arco a Armani. Qué golazo, viejo. Una de Van Basten. O del Beto Acosta. Pura potencia. ¿Qué había hecho San Lorenzo para ganar? Nada. En un área pasó eso, un golazo.

En la otra, los tres centrales en general la bancaron y lo de Sebastián Torrico fue sencillamente descomunal, como vimos todos los cuervos. No alcanzan las palabras para describirlo. Embolsa sencillamente las fáciles, y saca las imposibles. Cuando no pudo él (por poco), los palos ayudaron. En una cancha donde no ligamos nunca, alguna vez se nos tenía que dar. Pero lo de Torrico no es suerte. Es mirar un penal del rival y saber que algo puede pasar, como ayer sucedió dos veces. Como si este hombre transmitiera su tranquilidad a los acontecimientos, una especie de gualicho, un aura que te hace creer que, por más que le pateen diez veces al arco, ninguna va a entrar. Que una tapada sigue a la otra y ni sacarla del área podemos, rebotes, el grito de gol atragantado en el gallinero, que la pelota corre paralela a la línea del arco. River nos pudo empatar con once, con diez y con nueve, pero San Lorenzo jugó con el número doce bajo los tres palos. Número doce, porque vino a ser suplente y se quedó para siempre en el corazón de todos los cuervos. Lo ganó Gaich y lo ganó él.

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Ahora bien, entre las dos áreas corre un inmenso campo de juego en que San Lorenzo debe replantearse seriamente su identidad, la idea de juego y también de contención, esa parte del fútbol que menos gusta. El ideal está aún está lejos, pero los triunfos cambian el ánimo y multiplican el tiempo. Como el hombre bajo los tres palos, el tiempo no pasa para él. Siempre dispuesto a seguir regalándonos alegrías. No fue suerte. Fue magia. Manos mágicas del mejor arquero de la historia de San Lorenzo.

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