Errar es humano. Tener una oportunidad, divino

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor del libro “Veinte Relatos Cuervos”.

Errar es humano. Desde que el fútbol es fútbol, se erran goles. El uhhhh es una música que baja desde la tribuna desde siempre en nuestra Superliga argentina. O no tanto, si recordamos al San Lorenzo de Almirón. Lo que le costaba llegar al área rival, poner un hombre de cara al gol era casi una utopía en un equipo anémico que tocaba hacia los costados en la mitad de cancha. Aunque hubiéramos contratado a un Van Basten contemporáneo, casi que ni la hubiera tocado. Y, si erraba un gol, lo hubiéramos querido matar como a quien deja caer el agua de la cantimplora en un desolado desierto.

Ahora, hay que admitirlo, la situación es otra. El equipo llega más al arco, patea, tira centros, qué se yo. Por momentos jugando bien, mal o más o menos, San Lorenzo navega a veces en la incertidumbre de la frazada corta. Más peligroso adelante y un poco más peligroso también atrás, que se nos cayeron algunos soldados y se vendió a Senesi. Con una última línea que a veces te tira el achique muy lejos y otros desajustes para seguir mejorando. Al filo de ganar y perder está el equipo, en la perinola de cada partido.

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Pero lo importante es la actitud. Podés ganar, empatar o perder pero siempre tenés que ponerte la azulgrana pensando que podés triunfar, ir para adelante, buscar el partido, en eso mejoró un poco el equipo aunque no luzca tan fluido a veces su juego. El Twitter y las redes sociales son un mundo donde las idolatrías son un castillo de arena que dura segundos, minutos, y se construyen por una jugada brillante, un buen partido o un gol de carambola. Jugar bien un partido o quince minutos hace titular indiscutido a un jugador y perder un gol debajo del arco o regalar una ventaja fatal al rival lo transforman en un ser indeseable al que nadie le reconoce una virtud.

En eso está, me parece, Bareiro. Que jugó bien el primer tiempo en Paraguay y luego salió lesionado. Que con Rosario Central, picó el penal y encima afuera. Exceso de confianza, que hasta enojó a Juan Antonio Pizzi. Si lo hubiera hecho Ortigoza, no le decíamos nada pero Adam no se había ganado la inmunidad que brindan los triunfos pasados. El cabezazo que hubiera sido la redención contra Central dio en el palo, y en el fútbol diez centímetros en la trayectoria de la pelota es la victoria o la derrota, el elogio exagerado o la crítica irredenta en los medios periodísticos y las redes sociales.

Y el último partido, que para colmo perdemos el invicto vs Colón por dos errores defensivos no forzados. Con el partido uno a uno el Tucu Salazar se manda bien al ataque y le pega, rebote alto del arquero y ahí está nuestro nueve para saltar en el área chica y empujarla. No pudo, pero lo más importante no es eso, sino que pareciera que no creyó nunca que esa jugada iba a terminar en gol. Ni foul en ataque fue, que otra hubiera sido la cosa.

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Es una cuestión de actitud la que enoja un poco. Qué sé yo, tuvimos esos nueves que la peleaban como un búfalo ahí adelante, Beto Acosta, Pampa Biaggio, hasta el mismo Blandi, poniendo los brazos, fajándose con los centrales. Convirtiendo y errando varios goles. Que íbamos perdiendo, faltaba poco y al Pampa le decíamos en la tribuna, “sin foul”, cuando se lanzaba como una tromba a presionar a los defensores rivales. Y los embestía con todo, y el árbitro pitaba. Lo puteábamos por lo bajo al Pampa, pero en el corazón sabíamos que había dejado todo.

¿Con actitud se nace o se hace? Vaya uno a saber, lo cierto es que Adam Bareiro en esta modernidad líquida, que toca también al fútbol, tiene el crédito abierto. Primero, porque demostró de a ratos tener capacidad. Segundo, porque el equipo llega más al arco y con mayor fluidez. Tercero, porque el fútbol, como la vida, siempre da revancha. Porque errar es humano. Y tener una nueva oportunidad, divino. Es una cuestión de actitud saber aprovecharla, si Juan Antonio Pizzi así lo decidiera.

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