Entre victorias espasmódicas y derrotas anunciadas

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor de los libros VEINTE RELATOS CUERVOS y CUARENTENA DE RELATOS CUERVOS.

San Lorenzo es como darle una o dos manos de pintura a la pared húmeda. La alegría de verla resplandeciente dura unas pequeñas jornadas, es efìmera como el agua que se te va entre las manos. La pintura nueva tapa por un par de jornadas el problema de la pared, que enseguida se engloba y podés tomar un extremo que se levanta y ver cómo se desprende la pintura con esa textura gomosa. Descascarado como esa pared está San Lorenzo.

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Puede ganarle a River, haber encadenado en el torneo local una racha positiva que no sabemos bien en qué argumentos se forjó, pero el resultado negativo no tarda en llegar y hace aterrizar de nuevo en la realidad rápidamente.

El problema no es que San Lorenzo perdió por la segunda jornada de la Copa Sudamericana con Rosario Central en Arroyito por dos a cero. El problema es haber podido anticipar el desarrollo del juego leyendo los once titulares. La cuestiòn no es que San Lorenzo se retirò derrotado, sino que jugó absolumente mal, con un desempeño desastroso que lo hizo estar muy lejos de equiparar aunque sea el trámite del partido. No hablamos ya de superar al rival sino de poder sostener al menos un partido parejo. Porque el equipo, no sólo en esta jornada sino en muchísimas otras, no encuentra de ninguna forma algo parecido a la coordinación dentro del campo. O sea, avanzar y retroceder en bloque. Y, precisamente, falta la zona de enlace entre los dos extremos del campo, la defensa y la delantera. Falta la mitad de la cancha. Y sin eso no puede funcionar un equipo, ni Van Basten podría meter un gol, ni el Beto Acosta ni Walter Perazzo en nuestra historia si se la dieran con un pelotazo por arriba, a treinta metros del área, sin receptores cerca y rodeado de rivales. En el otro extremo del campo, Torrico no te va a salvar siempre. En el primer gol lo anticiparon y en el segundo, la defensa se comió un desborde de cancha de fútbol cinco.

Vemos a un pobre jugador con la azulgrana, no importa cuál, llevando la pelota en un extremo de la cancha o en la mitad del campo y los posibles receptores están a veinte, treinta metros y sin siquiera mostrar actitud de ir a buscar la pelota, desmarcarse, mostrarse. Así no se puede jugar al fútbol. No es que el equipo lleva la tenencia de la pelota hasta tres cuartos de cancha y le falta profundidad, la presencia de un distinto que tire el pase entre líneas y deje al delantero de cara al gol. Estamos en un estadio anterior a eso, o sea el equipo no puede sostener la pelota en la mitad de cancha ni llegar a tres cuartos. No es que le falta punch, le falta absolutamente todo. Por eso la profusión de pelotazos. Para agravarlo más, pierde casi todas las pelotas divididas. Con mi hijo ayer, en el primer tiempo, nos abrazamos porque el Tanque Díaz había ganado un córner.

¿Y entonces? Puede ganar algunos partidos porque se iluminó alguno o porque cerró el arco Torrico. Puede tener una ráfaga de los rapiditos de arriba (ayer ni siquiera fueron titulares) pero la ecuaciòn no cambia. La sensaciòn es que la mitad de cancha es un agujero negro y que en los extremos más o menos se puede safar. Partido al medio el equipo, no regala ninguna previsibilidad. Un partido es figura Torrico, el otro Àngel, el otro Óscar o Uvita. Individualidades. Los del medio, brillan por su ausencia. Al revés que lo que pasaba en el ciclo negativo de Almirón, pasamos de la tenencia aburrida, sin profundidad a ni siquiera poderla agarrar con la mano, como esa escena en que Dabove no pudo embolsar una pelota fácil junto a la línea de cal, habiendo sido en su vida profesional arquero. Nos falta adentro de la cancha, no se le encuentra la vuelta afuera. Navegando el equipo entre victorias espasmódicas y derrotas anunciadas que lo dejaron afuera de casi todas las competencias en disputa. Este texto puede leerse hoy, hace quince días, dos meses atrás, sigue pasando lo mismo.

¿Qué pasará el fin de semana? Moneda lanzada al aire, cara o ceca. No hay medio, y tampoco medias tintas.

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