El Gordo vuelve

*Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor de los libros VEINTE RELATOS CUERVOS y CUARENTENA DE RELATOS CUERVOS.

Volvió el Gordo Ortigoza a San Lorenzo y por ahí no hace falta decir nada más. La sonrisa pícara, el brazo en alto para la ovación de los cuervos en cada casa. La redonda imantada al pie derecho del trote un poco cansino que lo hace parecido a todos nosotros. El físico que se asemeja un poco con su ligera protuberancia abdominal al de cualquier hijo de vecino. Es parecido, es igual pero es distinto. El estratega del campeón del título más importante de la historia del club. Copa Libertadores del 2014. La que nos liberó del estigma, la que no quería caer en nuestras manos. Y cayó con la foto última de ese penal que pateó y lo congela en la foto. En el póster para siempre.

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Se fue en 2017, vuelve en 2021. Se fue cuando nos había dejado con el equipo otra vez en octavos de final de la Copa, rompiéndola en el segundo tiempo contra Flamengo, ese que tuvo el gol agónico de Belluschi y las jugadas mágicas del Perrito Barrios. No se puso de acuerdo con la dirigencia. Pasó por Olimpia de Paraguay sin ruido. Campeón de la Copa Argentina con Rosario Central pateando y convirtiendo su penal, por supuesto. Estudiantes de Río Cuarto, la última estación. Y volver.

Yo tengo un amigo del alma, Miguel. Él es radical, yo soy peronista. Yo soy de San Lorenzo, él de Boca. En el 2013, cuando el Virrey Bianchi volvió a Boca me dijo que iban a jugar con el Milan otra vez, contando monedas delante de los pobres. Pero el ciclo final de Bianchi no fue exitoso, la última presidencia de Perón tampoco. Volver puede significar perder. O no poder volver a recrear aquél momento de gloria. Pero el Gordo Ortigoza vuelve.

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Volver trae el espejo del pasado como riesgo o como oportunidad. Puede ser la comprobación empírica de que ya no es el de antes o una nueva sorpresa. Imagino cierta indulgencia de los hinchas extendida en comparación a otros jugadores sin pasado glorioso, para los que el tiempo es un reloj de arena que transcurre demasiado rápido, una espada de Damocles sobre la cabeza sin tolerancia alguna.

Pasado, presente, futuro. ¿A quién vamos a aplaudir cuando el Gordo pare la pelota en la mitad de la cancha y se la abra en un pase intrascendente al lateral derecho? ¿Al del 2014 o al del 2021? Cuando comience a rodar al pelota, Néstor Ortigoza demostrará su presente en una zona neurálgica en el funcionamiento del equipo. No vamos a verlo (como no lo hicimos nunca) hacer una apilada pero tal vez organizando, ubicándose, ofreciéndose como descarga, lateralizando o profundizando con un pase entre líneas. Que otros corran y el Gordo juegue a entender el juego, lo que hizo siempre. Que no vamos a verlo tirar una bicicleta pero el pase siempre seguro a los de San Lorenzo. En el medio del desierto de un equipo sin protagonismo, este hombre trae el recuerdo de cuando conquistamos América pero no para vanagloriarse del pasado sino para volver a subir la empinada cuesta. Que nada será fácil. Volver será también poner un poco en riesgo el póster. La foto está inerte ahí, pero este hombre sale de ese cómodo lugar para ponerse la camiseta en un momento difícil y embarrarse en la historia presente lejos de las Copas y las hazañas.

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La sensación, allá cuando se fue en 2017, es que su trayectoria merecía otro final, no en una mesa gris de negociación de contrato sino en el verde césped. Con la pelota bajo la suela, manejando los tiempos y recibiendo el cariño de la gente con la azulgrana en la piel. Jugando y haciendo jugar a San Lorenzo de Almagro. El Gordo vuelve.

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